CAPÍTULO 14 O EL BLUES DEL AUTOBÚS

-¿Dónde cojones estoy?

 -Madre mía, Tomás, que cosas tienes… ¿dónde cojones vas a estar? Pues en casa. Y ahora, si me haces el favor, te levantas para ayudarme.

-¿Lola?

-A ver, gilipollas, ¿qué te pasa hoy?

 -Nada, nada. Déjame que me levante y me tome un café.

Bajo un pie al suelo y noto como el frío se adhiere a mi planta. Me estiro y me asomo a la ventana; el sol da directamente a la habitación y las pupilas se dan cuenta. Me muevo despacio por la casa, desorientado, perdido por mi propia casa, sin saber muy bien qué pasa.

Al final del pasillo está el baúl donde guardamos las luces de navidad y la verdad es que no sé qué hace ahí.

-Lola, ¿qué hace el baúl de Navidad en el pasillo? ¿No habría que guardarlo en la buhardilla?

-Que luego te ayude el niño a subirlo, si el marqués no tiene muchas cosas que hacer.

No sé si es un sueño o lo que ha pasado antes es lo que he soñado esta noche. Todo parece real.

Paso la mano por las paredes y noto la textura rugosa del gotelé. Me miro los pies y tengo todos mis dedos en su sitio. El olor a café y tostadas recién hechas se me clava en pituitaria, haciendo rugir mi estómago. ¡Joder! Esto es real, a mí que no me jodan.

Una vez en la cocina, veo sentada a mi mujer, con el pelo de recién levantada, con ese pijama viejo y agujereado que tanto le gusta, dando pequeños sorbos al café con la mirada perdida. Enfrente está mi hijo, repeinado y vestido para ir al colegio. Lleva su chándal del Betis. Está tomándose la leche mientras juega con el móvil de su madre y en el centro de los dos está mi café -aún se aprecia el humo-, y junto a éste, en el plato, están las tostadas que venía oliendo por el pasillo. Sobre la mesa hay un periódico en cuya portada pone que los islamistas están preparando un atentado a nivel mundial.tumbao

-¡Buenos días! -digo con tono eufórico-.

-¿Y a este que le pasa que no gruñe como todos los días? -pregunta el niño-.

-¡Borja! un poco más de respeto hacia tu padre. No ves que hoy está más viejo que de normal -le responde Lola sin míralo y sin quitar la mirada de donde quiera que la esté dirigiendo-.

Le doy una colleja cariñosa al crío y, acto seguido, le beso la frente, despeinándolo.

-¡Pequeño cabroncete! -le digo cariñosamente-.

-¡Mamá! mira lo que me ha hecho y lo que me ha dicho. Me ha dicho cabrón.

-¡Tomás! deja al pequeño cabroncete desayunar y no le digas cabrón -me dice sin quitar la mirada-.

El pequeño se levanta, me da una colleja y dice adiós mientras da un beso a su madre.

-Al salir, directo a casa.

-¡Pero mamá!

-Ni peros ni hostias: directo a casa.

Sale corriendo y da un ligero portazo, haciendo que se caigan las llaves que están la mesita de al lado de la puerta.

-Creo que te has pasado con el crío –comento-.

-Cuando leas el periódico no pensarás lo mismo. Lo raro es que no vayas tú en el benemérita a recogerlo.

Al escuchar el nombre de benemérita me vienen cosas a la cabeza: el terror nuclear, los mutantes, John Cobra.

-Hoy he tenido un sueño muy raro.

-Ajá -dice asintiendo con la cabeza y sin escucharme-.

-He soñado que estabais muertos, tú y el niño. Y yo era un superviviente de una especie de mundo nuclear, creado por los terroristas islamistas.

-Vaya gilipollez, Tomás. ¿Quién te ha dicho que es un sueño?

De repente el café desaparece, la luz desaparece, la casa desaparece, Lola desaparece. Y aparece la caravana mugrienta, el olor a rancio y el puto alquimista gritando –¡Se ha despertado, Tomás se ha despertado! – Puto capullo.

-¿Dónde cojones estoy? –repito-

-¿Pues dónde cojones vas estar? En la Heisenberneta. Perdiste el conocimiento cuando le amputaste las piernas al enano cabrón ese. Fermín te cogió al hombro y te trajimos aquí. Llevas unas cuantas horas durmiendo y repitiendo el nombre de Lola.

-¡Genial! ¿Habéis mirado que no falte nada en la caravana?

UNA VEZ MAS EL TEXTO HA SIDO CORREGIDO POR SARA MANZANO

Muchas gracias a todos los fans de Tomás por darme ánimos y fuerzas para continuar con las aventuras de nuestro héroe patrio.

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CAPÍTULO 13 o SABOR DE AMOR

Apilo todo lo que hay en la habitación para poder llegar a la ventana de dos por dos del techo. Una vez que estoy arriba, la abro e intento asomarme pero mi cabeza es demasiado grande como para poder sacarla por el ventanuco. Así que bajo, maldiciendo todo lo que se puede maldecir, del improvisado andamio y me aproximo al espejo que está justo enfrente de la cama. Cojo una silla y la lanzo contra él. Recojo un trozo del cristal y vuelvo a subir maldiciendo todo lo que se puede maldecir. Saco el espejo roto por la claraboya y veo como hay una especie de revuelo por todas las cabañas. Los enanos corren de un lado a otro asustados. Los francotiradores no están en sus posiciones y, obviamente, se oyen gritos.

-¡Tomás! -me grita Puri- ¡Baja! Está pasando algo.

Esta vez no bajo como antes. Directamente, caigo en la cama. Me intento incorporar todo lo rápido posible. En la puerta están Puri y el engendro que nos acompaña.

-¡Intentad abrir la puerta! -Grito fuerte-.

-¡Joder! No se abre. -me dice Fernando-.

-Déjame a mí, coño.

Giro el pomo con toda la fuerza que se le puede aplicar, pero noto como desde el otro lado intentan abrir con más fuerza que yo.

-Echaos atrás y preparaos para atacar: es ahora o nunca.

Nos ponemos atrás, yo con un trozo de espejo que me ha cortado la mano, que ahora está chorreando sangre.

La puerta se abre bruscamente y podemos ver a Fermín; desnudo, en una mano una cabeza de un enano, en la otra un torso de lo que podría ser otro, y el cuerpo lleno de sangre. La mirada del animalico era de miedo y odio.

Puri me empuja y va corriendo a tranquilizarlo. Una vez que lo abraza Fermín suelta lo que tenía en las manos y se pone a llorar un crío pequeño.

Lo miro asustado y salgo corriendo aprovechando la distracción que nuestro amigo ha creado. El exterior es un caos. Todos gritando, dos cabañas ardiendo y tirado, como un gusano, está Echenique, llorando y pidiendo ayuda.

De repente, aflojo el paso y me arrodillo ante él.

-Y ahora, ¿quién va follarse a quién? Puto gilipollas.

-Ayúdame, Tomás. Tú no eres como yo, eres bueno.

-¡Uy! Como te equivocas -le digo mientras me río-.

Detrás de mi están mis compañeros de viaje. El grandullón ya tranquilo. Puri lo tiene cogido del brazo y Fernando está mirando por las ventanas de las casas, que están ardiendo.

-No dejes que se me acerque esa bestia parda -grita el parapléjico-.

-¿Quién? ¿Fermín? Si es muy bueno, un trozo de pan. Fermín ven, acércate y dale un besito al señor.

-No, no, joder, marchaos. No queremos nada de vosotros.

-¿En serio? ¿Podemos irnos con provisiones y sin rencor por tu parte?

-Si, en serio, sin rencor. Pero marchaos.

-Vale nos iremos, pero por mi parte y la de mis compañeros hay rencor, mucho rencor.

-¿Cómo que rencor? Ese animal ha destruido mi pueblo y matado a mis francotiradores.

¡Joder! -me digo a mí mismo- ¿Qué ha hecho este cabronazo?

-Fernando ayúdame a sentar a nuestro anfitrión.

-¡Qué hijo puta, cómo pesa! -se queja Fernando-.

-¿Sabes? No sé si es un mito, pero dicen que los parapléjicos no sentís nada de cintura hacia abajo. ¿Es verdad?

-Sí. No sentimos dolor porque nuestras terminaciones nerviosas son inservibles.

Lo dejo mientras balbucea sobre “no hacer” algo a tullidos. Entro en una casa y cojo una sierra.

-Mira, si te corto las piernas te quito peso, y así, podrás desplazarte más cómodamente. ¿A que sí?

-Tomás no seas salvaje -me grita Puri-.amputacion_thumb.jpg

-Si no queréis ver esto es mejor que os vayáis de aquí porque lo voy hacer.

-Venga, la broma ya está bien -dice Fernando-.

-¿Broma? ¿Era una broma lo de matarnos follando? Yo creo que no…

Para que vean que no voy de farol le hago un gran corte en una pierna.

-¡Coño! Si no grita -digo riéndome, mientras Echenique me mira con miedo-.

-No sigas -me dice el cabezón-.

Clavo más fuerte la sierra y noto cómo llego al hueso. Apoyo todo mi peso sobre la sierra, puedo notar como los nervios, tendones se desgarran poco a poco. La piel se me pone de gallina los pelos se me erizan, mientras tanto sigo incidiendo hasta que llego al hueso y notos como se rompe. de repente pierdo la concentración y empiezo oir los gritos del enano, que antes eran un simple susurro y ahora son chillidos de gorrino. Le miro a los ojos, me acerco a su oido y le digo:

-Hazte un torniquete.

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CAPÍTULO 12 o ¡Hola, mi amor!

– Tomás, te he dejado libre por una sencilla razón

– Seguro que me arrepentiré por hacerte la pregunta, pero ¿cuál es la razón por la que nos has dejado libre?

– La perfección

Miro a Fermín, Fernando y Puri. Los escaneo de arriba- abajo y vuelvo a la conversación en forma de pregunta.

– ¿Perfección?

– Sí. Como te habrás dado cuenta, aquí somos más bien bajitos, por decirlo delicadamente, pero somos muy inteligentes, más que la media. Pero desde la explosión mundial sí nos reproducimos entre nosotros, los bebés que nacen son enanos. Así que, lo único que queremos es reproducirnos con vosotros.

-Vamos lo que comúnmente se llama: “os vamos a follar”

– Exacto.

– ¿Me quieres decir que solo nos quieres para follar y luego nos podemos ir?

– No del todo. Os queremos para reproducirnos y luego no os podéis ir.

– ¿Y quién me lo va impedir?

Nada más terminar mi gran frase, un disparo me roza la mejilla haciéndola sangrar. Alzo la vista y veo a un hombrecillo saludándome y apuntando a mi cabezahogarth-orgy.

-Nosotros, Tomás, nosotros. Lleváoslo al Fornicium

El Fornicium es una habitación redonda, roja, con las paredes de terciopelo y el techo lleno de espejos. El suelo es todo un colchón gigante, con sábanas de seda roja. En el medio de la habitación hay una barra de bar, repleta de bebidas, que claramente no voy a probar.

– Bueno, pues esto es mejor que la carretera -dice el cabronazo del “alquimista”-.

– No pensarás quedarte aquí, ¿verdad, Fernando? -le replica Puri-.

– ¿Por qué no?: comida, sexo, comodidad. Esos son lujos que no tenemos en nuestra caravana.

-¡Chaval! -grito intentando no darle dos hostias-. Tus amigos están en un pequeño apuro. O llevamos esa droga que tenemos en la caravana o los matarán.

Fernando se me queda mirando fijamente a los ojos, abre la boca como si fuera a decir algo y lo único que le sale es un eructo.

Empiezo a darle puñetazos en la cara, hasta que me sujetan Puri y Federico.

-¡Déjalo! -me grita Puri-. No vale la pena

En medio del bullicio, se abre la puerta y aparece otra vez nuestro querido anfitrión: -Se me olvidaba, una vez que hayáis cumplido con vuestro propósito daos por muertos.

-¿Y eso por qué? -grita Fernando-.

– ¿Para qué os queremos? Ya tendremos lo que queremos. Bueno, a ella lo más seguro que me la quede: puede darnos más cachorros.

La cara de nuestro compañero empieza a volverse blanca, los sudores empiezan a caerle, entonces se dirige a mí como si fuera su mejor amigo.

– Tienes que sacarnos de aquí, Tomás

– ¿Yo? Creo que te equivocas de persona. Hace un momento me has eructado en mi cara. ¿Ahora, qué tengo que hacerte?

-¡Joder, Tomás! era un broma. ¿No soportas una broma de nada?

– Gilipollas -es lo único que me sale por la boca-.

A ver, la habitación no tiene ventanas. Es redonda. El único acceso es la puerta principal y está claro que por allí no vamos a salir, no al menos vivo.

Se vuelve abrir la puerta y se llevan a Fermín.

– Por lo menos, Fermín va disfrutar- dice Puri-.

– Eso sí es verdad. Mientras tanto, miro al techo y puedo ver una claraboya bastante grande como para salir por ella.

– Creo que tengo una idea de cómo salir de aquí.

– ¿Cómo? -dicen los dos a la vez-.

– ¿Veis esa claraboya? Creo que si me levantáis entre los dos puedo probar a ver si está abierta y, si lo está, puedo escapar por ella. Bajaría por la fachada, noquearía a los guardias y nos iríamos de esta mierda de pueblo.

– Muy fácil lo ves tú -me dice Fernando-.

– ¿Qué otra alternativa tenemos?: que nos maten a polvos o intentar salir de aquí.

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CAPÍTULO 11 O ACCIÓN MUTANTE

Mi padre siempre decía que después de la tormenta, llega la calma. Pues yo tengo encima la puta tormenta del jodido Noé, justo encima.

Llevo un rato largo gritando para ver si su líder quiere dar la cara pero parece que está sordo, o simplemente pasa de nosotros. Cuando por fin desisto puedo ver que detrás de Puri asoma una especie de silla de ruedas. Conducida por un enano cabezón, con una barba que le llegaba a los tobillos. Sus ojos, ocultos trás unas grandes gafas de sol, redondas. La silla se mueve despacio y está impulsada por una especie de panel solar que tenía encima de la cabeza de a modo de sombrilla. Cada vez que se acercaba a mí, todo su cuerpo se mueve como si estuviera hecho de gelatina. Tarda unos diez minutos en llegar hasta donde me encuentro.

Cuando está su cara contra la mía, es cuando me doy cuenta de que ese “ser” es Pablo Echenique.

-Hola -me dijo el hombrecillo-.

-Hola -le respondí-.

-Se puede saber que hacéis en mis propiedades.

Vuelvo a mirar a mi alrededor para fijarme bien. Hasta ahora, lo único que he estado haciendo es gritar e insultar. El poblado es más parecido a un campamento de “yeyés” que a algo civilizado. El suelo es todo barro, las casas parecen cabañas africanas fabricadas de wuano. En cada puerta de las chozas hay una estaca con una antorcha y las puertas son de mimbre. Vamos que un paraíso no era. Pero tengo que medir mis palabras. A ver si salimos de esta sin tener que golpear-matar-correr de aquí.

-Pues la verdad es que no sabíamos que estabais aquí. Yo creo que ni yo ni el mundo.

La voz robótica de ex político vuelve a sonar.

-¿No te has pensado que es así como queremos estar?

Cuando pienso en contestarle, el muy cabrón me deja con la palabra en la boca, retrocediendo lentamente.

-¡Bravo Tomás! -me dice mi compañera-.

-Tenemos que hacer algo para salir de aquí.

De repente salen dos “gatuzosoldados” que más bien parecen “humpa lumpas” y desatan a Puri y liberan a Fermín de la picota. Luego se me acercan y cortan las cuerdas dejándome caer al suelo, como si fuera un saco de piedras.

Nos separamos: yo me voy a hacer de turista y Puri y Fermín se van en busca del Alquimista.

Mientras paseo por el poblado me doy cuenta de que no hay nadie que supere el metro y medio. Las casas son de plástico y  colores vivos, parecen de esas de juguete que se les compran a los críos. Me asomo al interior de una de ellas y me doy cuenta de que engaña bastante; no hay parecido entre lo que se ve por fuera y lo que hay dentro. Dentro está todo amueblado, limpio y es más amplio de lo que parece. Fijándome bien, observo que han juntado más de una casa y se han hecho palacios. No son del todo tontos los enanos…

De repente, oigo a Puri gritarme: -¡Tomás!-. Me golpeo la cabeza con el techo de la casa y, mientras la mujer, que estaba en la casa,  me maldice una y otra vez, salgo corriendo.

– ¿Qué es lo que ocurre, Puri?

– Ya hemos encontrado el cuarto tripulante. Puedes verlo tú mismo.

Me asomo por la minúscula ventana y puedo ver al Alquimista desnudo y encima de él dos enanas haciéndole el amor. Mientras, encima del cabecero, un enano no hace más que tirar pétalos de rosa y otro toca una música muy estridente con un instrumento muy extraño.

-¡Joder! Ahora me tendré que arrancar los ojos por haber visto esto.

Al mismo tiempo, en la otra ventana está Fermín, con cara de haber descubierto las Américas. Su cara es de plena felicidad.

– ¡Saca la cabeza de ahí Fermín! – le dice Puri – ¡Ayúdame, Tomás!

Mientras intentamos sacar la cabeza del energúmeno, sale Fernando abrochándose la bata, pero dejando al descubierto lo suficiente como para joder el día a cualquiera.

– ¡Tápate! -le decimos a la vez Puri y yo-.

– Con tanto ruido no dejáis hacer nada. Un mago necesita silencio para hacer su show.

Detrás de nosotros oigo otra vez la silla del “jefe” de todo aquello.

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Capítulo 10 o Le freak

Yendo a una velocidad de 80 kilómetros/hora, sin que nada ocurra, creo que un par de días llegaremos a nuestro destino. Claro está que no tiene que ocurrir nada; eso es muy complicado. De momento, cada vez que aprieto el acelerador, un humillo sale del capo. El embrague prácticamente está de decoración y la peste de la caravana no ayuda mucho a mi concentración

– ¡Ser repulsivo! Llamo a Federico.

– ¿Me dices a mí?

-Sí. ¿A quién si no?

-Me llamo Federico o Alquimista. Me niego a responder a lo que me has llamado.

– Mira, soplapollas, mientras no te laves, adelgaces unos treinta kilos y se te cure el acné, te llamaré repulsivo. Y ahora, escucha, ¿el ruido que hace el motor es normal?

– ¿Normal? Si normal te refieres a un motor que no se ha movido en unos cinco años; sí, es normal.

– ¿Me estás diciendo que no le habéis hecho una revisión a la caravana?

-Fue una sugerencia que le hice a Guillermo, pero con las prisas y con la necesidad de meter la mercancía, armas y demás provisiones, no tuvimos tiempo.

– ¡Me cago en tu puta calavera! Dime que tienes herramientas para reparar este trasto.

-Sí, claro que tengo. ¿Por quién me has tomado?

-Por un puto tarado.

Me meto en el camino que me lleva a una gran explanada y allí nos detenemos. Salgo cagándome en todo lo que un ser humano se puede cagar. Detrás de mi sale el gordo apestoso y sus amigos: “los raros”.

-A ver… gilipollas. Dame las putas herramientas.

Saca una caja mugrienta, que hace juego con todo lo que hay en la caravana. La abre y, efectivamente, hay un montón de herramientas, medio oxidadas, pero herramientas, al fin y al cabo.

El capó está ardiendo. Así que hago que lo abra el personaje absurdo.

-Ya he visto la avería.

-¿ya? -Decimos la pelirroja y yo a la vez-.

No tarda mucho en repararla, se limpia las manos en la camiseta, cierra el capo y, sin decir nada, se sube a la caravana como si estuviera cabreado conmigo.

-Miro a Puri – ¿Dónde está el mongolo?

-Estará dentro. -Gritando le dice a Federico- ¿Está dentro Fermín? –

-No, aquí no hay nadie.

-Me cago en la hostia puta. El retrasado se ha escapado. Baja de la puta caravana y coge las jodidas armas, vamos a buscar a Fermín.

Detrás de donde estamos hay una arboleda. Nos acercamos cuidadosamente. Una vez dentro Puri grita – ¡Fermín! ¿estás aquí?

-No esperes que te conteste. -Dice el apestoso- Recuerda que no habla.

– ¡Queréis callaos de una jodida vez!

Cuando me giro, Puri no está detrás de mí. -Espera Federico- me dice. Y, acto seguido, caigo al suelo.

Cuando abro los ojos estoy boca abajo, colgado denano bufone las manos y pies, como si fuera un cordero que van a sacrificar. Enfrente está Puri. Está sentada en una silla, maniatada a sus paras. A Fermín lo tienen en una picota. Al lado de cada uno de nosotros hay unos hombrecillos muy pequeños, vestidos tal y como en la Edad Media.

– ¡Psss, Puri! ¿Dónde está el inútil que falta?

– Detrás de ti hay una cabaña. Hace un rato que lo metieron allí.

Intento girarme, pero mi micro-guardián me golpea con una especie de porra que lleva.

– ¡No te vuelvas ser demoniaco! -Me dice con su vocecilla-.

-Tranquilo, furia, no querrás comerte esa porra… ¿verdad pequeñín?

-No me hables, aberración infernal

– ¿Por qué nos tenéis así? Si somos de los buenos

-Habéis venido en el monstruo de metal y vestís de manera rara, solo podéis ser criaturas de Satán.

– ¿Y de hablar con el que manda hay alguna posibilidad?

-Cuando llegue el momento, se dirigirá nuestro Rey supremo a vosotros.

– ¡Putos humpa-lumpas! Me gustaría hablar con vuestro Rey, nada más. -Grito como un loco para llamar la atención de su jodido jefe-

-Los vas a encabronar más de la cuenta. Cállate de una puta vez.

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